sábado, 15 de agosto de 2015

BSO LA MÁQUINA DEL TIEMPO

 












Se suele decir que la música amansa a las fieras...
Bien es cierto que hay tipos de música para todos los gustos y dentro de lo que se refiere al cine, la música es una parte fundamental, imprescindible, porque incluso la ausencia de la misma ya es destacable, máxime, cuando nos encontramos con una partitura tan bella y evocadora de épocas pretéritas como la que nos ocupa. 
Klaus Badelt nos eleva nota a nota hasta un futuro a miles de años de nuestro punto de partida, con una banda sonora hermosa, en la que todo se dedica al deleite auditivo, con sabor a siglo XIX, pero sobre una estructura un tanto new age.
Te aseguro que si la escuchas con unos buenos cascos, tumbado en la cama y con la predisposición suficiente, casi te eleva.
Por un lado,fuerza, por otro delicadeza, forman un cocktel ideal de sensaciones auditivas como pocas bandas sonoras he tenido la oportunidad de escuchar, y os aseguro, que he escuchado muchas, pero esta tiene algo de especial.
Realmente, es capaz de amansar a esa fiera que el día a día nos hace sacar de nuestro interior, calmandola, adormeciéndola,lenta y  suavemente...
Cuando la escuché por primera vez, en un lejano cine de mis recuerdos, cerrado hoy en día al mundo real, presa como tantos otros, del sucio juego que el dinero comporta,  a todo volumen, en aquella sala enorme, con un sonido por aquel entonces, el mejor de cualquier sala de mi ciudad, se convirtió a medida que avanzaba el metraje, en una de mis cinco bandas sonoras preferidas. Para mí es perfecta, retrata el espíritu del científico que busca un viaje más allá de lo posible, en su afan de volver atrás un hecho que destroza su vida, a la perfección. Sus pasajes en ese aterrador mundo del futuro que ideara Wells, son tan bellos que si has visto la película, te traen a la mente inmensos cañones flanqueados por verdes plantas y aguas que derraman su cristalino frescor desde alturas tremendas. Suena a biblioteca, de libros enormes cuyo saber es custodiado por el polvo que sobre ellos se amontona, a artefactos imposibles, a relojes de bolsillo y a huída...huída hacia adelante, intentando escapar de lo inevitable: el destino.

ÚLTIMA CLAQUETA

Viajar en el tiempo...
De todas las imposibles historias que el cine nos aporta, viajar en el tiempo es una, sino la que más, me fascina.
Si tuviésemos una sóla oportunidad de viajar en el tiempo, con billete de vuelta, por supuesto, a dónde viajaríamos...
Lo primero que me viene a la mente es un punto de la historia que fuese transcendental para la humanidad, un punto del pasado. Podría ser, por otro lado, una período de tiempo concreto, en el que no quisieras ver un hecho puntual, sino más bien, una forma de vida de otro siglo, en mi caso, viajaría al Renacimiento.
¿Más atrás? No sé... Más adelante... la época en la que se desarrolla la película, esa también estaría bien, finales del siglo XIX.
¿Y por qué no el futuro?¿Cuántos años serían suficientes recorrer para ver cómo ha evolucionado o involucionado el ser humano? A mí, con llegar a una época en la que los viajes a través del sistema solar fueran una realidad tan cotidiana como hacer un crucero por el Mediterráneo, me bastaba.
Sí... si sólo tuviera una oportunidad de viajar en el tiempo viajaría al furturo, para ver al pasado, ya tengo los libros de historia, sin dudarlo, viajaría al futuro.
Aunque...¿ y si viajásemos a ese punto de nuestra propia historia en la que pudiésemos encontrarnos con nosotros mismos y aquellos seres queridos que ya no están entre nosotros? Poder observar desde lejos cómo nuestra madre nos lleva por primera vez al colegio, la primera vez que vimos el mar, nuestro primer beso, o volver a ver a esa persona que se marchó al "otro lado del silencio"...
Tal vez, si pudieramos elegir un sólo viaje, no nos moveríamos mucho por esa línea temporal de nuestros recuerdos.
Los años pasan, se escurren como el agua entre las manos, sin que nos demos cuenta y el ser humano, en su imaginación infinita, busca esa forma de perpetuarse más allá de su propio tiempo, para lograr doblegarlo, para creerse dios del mismo.Sólo en nuestra mente es posible semejante hazaña, pues tenemos una máquina del tiempo muy cerca de nosotros, yo diría que nosotros mismos somos una auténtica máquina del tiempo. La clave para ello, más bien la llave, de esa máquina que nos transportará a donde queramos la tenemos en la frase que pronuncia el extraño ser que habita las cavernas de los morlocks y que es la esencia misma de la película:


"Todos tenemos una máquina del tiempo... el viaje al pasado son nuestros recuerdos... y al futuro... nuestros sueños..."

viernes, 14 de agosto de 2015

El dinero tiene miedo

Director: Pedro Lazaga
Actores: Tony Leblanc, Manolo Gómez Bur, Mauricio Garcés, Jesús Puente, Antonio Ferrandis, Puri Villa, Rosanna Yanni, María Luisa Ponte, Agustín González
Género. Comedia
Duración: 97 min
Año: 1970
País: España





ARGUMENTO

Dos amigos, ricos a más no poder, caen en manos de un estafador que se dedica a vivir del dinero de incautos como ellos.
El estafador logra convencerlos de que la peseta se va a desplomar y que sus millones no valdrán nada, con lo cual, deben llevarse la pasta a Suiza...

CRÍTICA 

Partiremos de la base de que siento debilidad por este tipo de comedias españolas, tal vez, porque de niño siempre las veía por la tele y guardo de ellas un recuerdo un tanto especial.

La película nos muestra algo muy propio de la España de todos los tiempos: el pícaro, que en esta ocasión es un tío trajeado y de apariencia intachable, pero que es tan golfo y sinvergüenza como todo ladrón que se precie.
En sus redes caen un par de tipejos que si fueran una pizca más tontos, tendrían que encerrarlos, pero que son millonarios y les gusta alardear de ello.

La película es a la medida de las comedias hechas para lucimiento de Leblanc y Gómez Bur, que despliegan sus muecas y buen hacer a lo largo de todo el metraje.
Poco puedo contar, ya que es una comedia al uso, salvo que siempre me ha resultado divertida, una película de timadores con gracia y unos timados que merecen serlo.
Siempre me pregunté cómo era posible que dos indivíduos fuesen ricos con semejante grado de idiotez en el cuerpo, pero dejando la realidad a un lado y metiéndose uno de lleno en la película, resulta que es bastante entretenida, con escenas como la del aeropuerto o cuando aparece Agustín González, que es el mejor de todos los secundarios habidos y por haber, en opinión de este humilde cinéfago que os habla.
Entretenida sin pretensiones, sin demasiados altibajos, manteniendo constante la línea de interés.

LA ÚLTIMA CLAQUETA 

El dinero... nada hay más sucio. Todo el mundo lo toca, lo manosea, pasa por mil y un lugares, corrompe y es el dios absoluto de nuestros tiempos.
Da igual que sepamos que es algo sucio, todos queremos tener más. Y si uno lo piensa... sólo es papel.
Un papel dotado de poderes absolutos, un papel ante el cual el mundo y su conciencia se doblega y esclaviza.
Todo lo puede comprar el dinero, todo lo mundano, me refiero, porque hay cosas que el dinero no puede comprar y una de ellas es algo que vale mucho más que el propio dinero: tiempo.

El tiempo es mucho más valioso. Todo el mundo nace con tiempo, unos más y otros menos, pero todos lo tenemos. Cómo lo invertimos y en qué lo gastamos, es otra historia...

"...para que los suízos sigan viviendo como suízos"

jueves, 13 de agosto de 2015

El botijo

Hoy vamos a hacer un descanso, como cuando en los cines, a mitad de la proyección, se encendían las luces y podías ir a por palomitas, quicos, un refresco, o cualquier otra porquería cuyo aroma llevaba martilleando tu pituitaría durante más tiempo del que se puede soportar. Vamos a hablar de algo que no sea películas. Vamos a hablar de un simple botijo...

El botíjo, también llamado búcaro, es un artefacto que bien puede estar de moda hoy en día, atendiendo a la voluntad ecológica creciente, por fortuna, de la sociedad.
Un botijo enfría agua, pero no usa electricidad, nada más que la evaporación de la misma a través de los poros del barro.
La sensación de beber agua de un botijo es diferente, pues adquiere una temperatura agradable, no demasiado fría, como artificialmente nos da cualquier frigorífico.
No entraré en describir la historia del botijo, ni su origen, ni nada que cualquiera puede encontrar en una buena página de internet dedicada al mismo. Hablaré de mi historia con dicho artefacto.

Mi abuela me contaba que, en aquellos lejanos días de duro trabajo en el campo, cuando no había neveras portátiles ni nada que se le pareciese, usaban un botijo que colocaban bajo la sombra de un árbol y del que daban tragos para sofocar el tremendo calor del verano andaluz.

Pero yo no tengo un recuerdo de un botijo bajo un árbol, lo mío es más de ciudad.
Cuando yo era niño, había un botijo muy especial, cuya agua tenía un sabor diferente y era de un fresco distinto. Era el botijo que tenían mis tíos.

Cuando yo entraba a aquella casa, tan antígua como mi barrio, la primera imagen que recuerdo era aquel enorme botijo descansando en el alfeizar de la ventana, al paso del relente. Su tacto era de barro fresco, con un sudoroso volumen como sólo un botijo puede sudar, y su peso, para mí, en aquel entonces, excesivo.
Echaba un trago...
A duras penas lograba mantener en vilo aquel artefacto cuya agua me ponía perdido, al no poder mantener el pulso.
Los años fueron pasando y el botijo, como por arte de magia, se fue haciendo menos pesado.
Su agua era siempre igual de fresca, con su sabor anisado, lo que se conoce como una palometa " anis y agua", ataviado siempre con sus mejores galas: un sombrerillo de croché que mi tía le hacía "para que no se le colara ningún bicho", me dijo en cierta ocasión que le pregunté que por qué le ponía aquella especie de gorrito.
Su plato debajo, imprescindible para recoger el agua emanada de su interior...

Recuerdo su frescura de forma muy especial, eso era agua fresca producida de forma totalmente ecológica.
Nunca me gustó beber agua diréctamente del frigorífico, siempre la noté demasiado fría y siempre la mezclo con agua "natural".
Hace unos días, cierta conversación me recordó a aquel botijo y decidí comprar uno igual, y comprobar si el recuerdo que tenía de aquella agua tan fresca, de forma natural, era cierto, o mi mente lo había transformado hasta convertirlo en algo irreal.

No me fue muy difícil encontrar un establecimiento donde vendieran uno igualito al de mis tíos y procedí a realizar lo que se llama "cura" del botijo en cuestión, que os cuento, por si a alguno le apetece recuperar este utensilio tan nuestro y que nunca debería perderse, tanto por estética como por utilidad:

- Llenar el botijo de agua y dejarlo así un par de días.
- Tirar ese agua y volver a llenarlo, añadiendo anis, un par de copas o menos, según gustos.
- Otro par de días y tirar ese agua.
- Llenarlo de nuevo y esperar a que el agua se enfríe.

Varias cosas hay que tener en cuenta.

Lo del anis es opcional, pero por lo visto, ese ligero sabor a anis hace que el agua parezca que está más fría.
Jamás mojar el botijo por fuera, pues se estropeará.
Poner un plato debajo para recoger el agua que vaya soltando.
Colocarlo al paso del aire, para que la evaporación del agua, enfríe.

Se abre una puerta de color verde, muy vieja, con un leve quejido de visagras, un salón arropado por la suave oscuridad que le proporciona una persiana veneciana de color verde, resguarda el interior de la casa del calor que empieza a despuntar en un verano de la década de los ochenta.
El botijo, sobre el alfeizar de una ventana de color verde, calma la sed de un niño que acaba de volver de la calle, dejando su bicicleta en el patío de la casa de su tíos...
Fuera, se escuchan las voces de los hombres que frecuentan el bar de la calle de enfrente, en cuya barra, descansa otro botijo...


A Rogelio y Trini

jueves, 30 de julio de 2015

Las últimas horas

Director: Zack Hilditch
Actores: Nathan Phillips, Jessica De Gouw, David Field
Género: Apocalíptico
Duración: 87 min
Año: 2014
País: Australia







Argumento

 La hora final del planeta se acerca... No hay dónde esconderse, ni salvación posible. El mundo sucumbe ante el fuego, solo Australia se mantendrá unas horas más.
Ante la inminente catástrofe a escala planetaria, el mundo, la sociedad, se desintegra. Cada uno elige cómo afrontar el fin. Unos asaltando, otros rezando, otros matando y otros, como nuestro protagonista, deciden acudir a una macrofiesta final de desenfreno total y absoluto, dando rienda suelta a todas las bajezas que el ser humano es capaz de perpetrar.
Pero en medio de su camino hacia esa fiesta, se topa con una niña, cuya única idea es encontrarse con su padre y su familia de quien se ha despistado.
El muchaso se encuentra entonces ante la disyuntiva de elegir correrse la última juerga de su vida y del planeta o ayudar a la niña...


Crítica

Película de bajo presupuesto que encara el fin del mundo desde varios puntos, unos visibles a simple vista, otros no tanto, pero reflexiva en cualquier camino que se elija.
Por un lado está la parte visual, llevada con bastante soltura, aunque bien es cierto que unos mejores diálogos no habrían venido mal, incluso más profundidad de personajes, o más hincapié en las distintas formas de afrontar esas últimas horas .
Bien rodada, con un ritmo bastante bueno y que no decae, no es que sea trepidante, sino que se sostiene, no hay subidones o caídas a simas de aburrimiento o de relleno, todo está bien orquestado, se nota un cuidado por encima del que se marca como el mínimo.
Egoismo, miedo, ruindad y toda suerte de deplorables sentimientos se mezclan con la entrega a los demás, la resignación, el sacrificio, el amor o la amistad. 
El caos está bien representado, pero más, si cabe, a nivel de indivíduo, a nivel interior, obviando lo que suele ser el pastel de este tipo de producciones: muertes a mansalva, explosiones a diestro y siniestro, caos y ruína espectaculares, sangre a granel...
Destacar las interpretaciones del protagonista principal y la niña.
Por otro nos queda la reflexión y ahí es donde la película va más allá de los planteamientos que al principio se haya podido uno hacer.
El que se acerque a ella con ojos que busquen entretenimiento, lo va a encontrar pero sin pirotecnia ni fuegos artificiales en exceso, tiene los justos, tirando a pocos pero bien dosificados.
La voz en off a lo largo del filme logra dar un aire desangelado, de abandono ante lo inevitable y abatimiento total y absoluto.
Real, muy real, pero sin ser repulsiva, guardando las distancias, insinua, más que muestra.
El que quiera una lectura más profunda, a medida que la vaya viendo se hará esta pregunta:¿qué harias tú en las últimas horas?

La última claqueta
  
Varias reflexiones suelen asaltar al ver esta película, pero las principales son dos.
La primera y más evidente, es qué haría uno mismo si un buen día  anunciasen a bombo y platillo como si de un estreno mundial se tratase que te quedan unas pocas horas de vida y que después, jamás se supo.
Seguro que cada uno diría una cosa distinta, pero si realmete, uno se toma la pregunta en serio, a lo mejor se da cuenta de que no sabría qué hacer.
Si no te puedes esconder, si no puedes huír, si no hay forma de sobrevivir, ¿realmente te irías a una fiesta?¿Te quedarías con tus seres queridos aprovechando con ellos las últimas horas?¿Pasarías de todo y te irías a ver la última película apocalíptica que hubiera en cartel?
Respuestas tantas como personas.
La segunda reflexión, mucho más profunda y que la película plantea en un segundo plano es el fin del mundo como persona, individual, ese fin, ese último día que aguarda a todo ser vivo desde que nace a este mundo...
Las últimas horas pasan a ser una vida, con sus errores, con sus aciertos, sus fiestas, sus miedos...

Con esto, uno puede plantearse si realmente existe ese fatídico día en que el mundo termine y salga el cartel de "FIN".
¿Habrá un día en que los jinetes del apocalipsis descarguen toda suerte de catástrofes sobre la pobre Tierra?¿Nos la cargaremos nosotros con nuestra consumista forma de vida?
¿Nos referimos al fin del planeta o al fin del ser humano? Porque una cosa no tiene porque ser consecuencia de la otra, ni al revés tampoco.
¿Y que pasa cuando el Sol se apague?
Todo esto está muy bien para las películas apocalípticas, cuyo final no suele ser de extinción total y absoluta, pero la realidad que te llega a plantear la película es la que subterfugiamente va introduciendo y es que el fin del mundo es para el que se muere y que cada cual elige cómo vivir su vida.

 "Mientras os hablo...se va acercando..."

sábado, 4 de julio de 2015

Un millón en la basura

Director: José María Forqué
Actores: José Luís López Vázquez, Julia Gutiérrez Caba, Juanjo Menéndez, José Sazatornil, Rafaela Aparicio, José Sacristán, Emilio Laguna, Guillermo Marín, Aurora Redondo, Rafael López Somosa, Pedro Porcel
Género: Comedia dramática
Duración: 83 min
Año: 1967
País: España




ARGUMENTO

Pepe, un operario del servicio de limpieza, malvive junto a su ,mujer y dos hijos en una casa alquilada de un barrio marginal. Al deber varios meses de alquiler, su casero ha procedido a denunciarlo para que lo desaucien.
Pepe y su familia se va a ver en unos días en la calle por no poder pagar una renta.
Una noche, mientras riega las calles de Madrid, encuentra una cartera en un cubo de la basura que contiene un millón de pesetas.
A partir de este momento, Pepe se debate entre lo que necesita hacer con ese dinero y lo que debe hacer con él, ya que si se lo queda, solucionaría sus problemas para siempre, pero su conciencia de no quedarse con lo que no es suyo, le impide gastarlo. Junto al dinero, hay varias tarjetas que no dejan lugar a dudas de a quién pertenece dicho maletín, con lo cual queda claro desde el principio que si quieren devolverlo, pueden hacerlo.

CRÍTICA

He desempolvado para esta crítica, de nuevo mis cintas de VHS, con lo cual, he visionado, una vez más, de las docenas de veces que la he visto, esta película.
No me resulta fácil acometerla, pues conozco cada frase, cada plano, cada acorde de su BSO, con lo cual, los datos se aborbotonan en mi mente todos a la vez, pugnando por salir violentamente.
Intentaré hacer un resumen.

Los primeros planos de la película nos muestran de entrada la época del año en la que nos encontramos: Navidad.
Conforme avanza la cámara, sin letras de créditos ni música, solo escuchamos el ladrido de los perros callejeros en el amanecer de un día de invierno, en un barrio del extrarradio, de farolas mortecinas que alumbran un amanecer tan decadente como el blanco y negro en la que la película está rodada, apenas bañan con su exígua luz la puerta de la casa de nuestros protagonistas.

Pepe, (Vazquez), un nombre común, para un hombre común, que podría ser cualquiera de nosotros, se dispone a desayunar antes de ir al trabajo mientras Consuelo, su mujer, prepara sus labores de ama de casa.
"¿Sardinas otra vez?" dice el barrendero, aquejado por un rehuma crónico que no ha cedido tras acabar la caja de supositorios, "Y gracias... y desde mañana pan sólo...ya no nos fía nadie", responde apesadumbrada Consuelo...

En un par de días acudimos al desarrollo de los acontecimientos de un milagro que sólo puede darse en navidad: que alguien tire una cartera llena de billetes a la basura y la recoja el tío más desgraciado de todo el servicio de limpieza de Madrid.
Esta película que bebe diréctamente del neorealismo italiano, me resulta imprescindible en una supuesta lista que elaboraría con mis diez o veinte mejores películas del cine español, porque por más que la he mirado y remirado, a lo largo de los años, primero como simple divertimento, más tarde, con ojos analíticos, si es que ello fuera posible y dentro de las limitaciones que pueda tener este cinéfago que os habla, no le encuentro defectos.
Empecemos por los actores y no precisamente por José Luís López Vázquez, sino por los secundarios.
Pedazo de plantel de secundarios, señores. El mejor de todos ellos es JuanJo Menéndez, que interpreta a un compañero y amigo de Pepe, simpático, inteligente, buenazo, sarcástico y "enterao" como él sólo. Cada vez que abre la boca es para soltar una burrada contra todo el que pueda.
José Sazatornil, en su papel de "lameculos" del ricachón Don Leonardo, un tío, este Don Leonardo, que da más importancia a una llamada de un club de golf que a un millón de pesetas que había perdido, está insuperable. Saza aparece poco, pero cuando lo hace, es tan asquerosamente distante con los problemas de los protagonistas, falso y puñetero que en papeles como estos es donde realmente puedes ver la talla tan enorme de Sazatornil como actor.
Guillermo Marín me encanta, apenas sale como Don Leonardo Borja Salcedo, pero vaya tela. Interpretaba a la perfección los papeles de ricachón, tipo marqués o así. Recuerdo otra película titulada Don Erre que Erre de Paco Martínez Soria en la que interpreta a un ricachón y yo es que me parto de risa con él.
Rafaela Aparicio en su papel de chacha sempiterno y entrañable hace una fugaz aparición en la que también te roba una carcajada
José Sacristán...jovencísimo...si es que nombraría a todos y cada uno porque lo hacen de diez...
De López Váquez no puedo decir nada, no por que por mucho bueno que opinase,me quedaría corto, a parte de que para mí, es uno de los actores más grandes que ha dado este país y si me apuran, diría que el mejor.
Julia es otra que borda el papel de buena persona, honrada y paciente con la insistencia de no devolver el millón por parte de todos.

Pero pasemos a otros aspectos.
Fotografía, por ejemplo... a mi juício buenísima, con esas sombras y luces mortecinas, como la vida de nuestros protagonistas, que languidecen frente a otro día más de su vida, un día igual que el anterior, entre miseria y penalidades, entre lejanos ladridos de perros callejeros que rajan la madrugada fría de las navidades de antes, donde un grupo de pavos desgraciados corren hacia su cruel destino, sin saberlo, por calles sin asfaltar del extraradio de un Madrid casi postapocalítico, si se me permite la comparación., bañado todo de una especie de feísmo semiencubierto, con el que denunciar situaciones que eran, siguen siendolo muy a pesar del paso de los años, bochornosas para una sociedad desarrollada o en fase de desarrollo: que una familia se quede en la calle.

Los contrastes de la situación de los personajes es tremenda y buscada a conciencia. Por un lado, los pobres y los personajes que representan a la clase media,  son cercanos, honrados, buenos amigos, buenos compañeros, amables, pacientes y buenos vecinos... por otro los ricos, que en imitación del claroscuro del blanco y negro en que está rodada, son distantes, desconfiados, ignorantes de la realidad social, repugnantes y soberbios.

Hay tres personajes que siendo de escala social más baja que media, se dedican a tratar con desprecio al protagonista por el simple hecho de ser un don nadie, como Martin Sheen dijera en Wall Street, midiendo a los hombres por el tamaño de su cartera, que es lo que hacen todos, pero si cabe, los que peor tratan a Pepe son los de su misma escala social: la chacha interpretada por Rafaela Aparicio, que no lo deja ni hablar y da por sentado nada más abrir la puerta de que lo que quiere es una limosna, el portero que le atiende con desprecio cuando pregunta por el cubo de la basura, el camarero interpretado por Emilio Laguna que no le pierde ojo mientras Pepe come, el casero...

Escenas memorables son la comida de Pepe en el bar, con un Emilio Laguna que no le quita ojo porque no se fía de él. Soberbia es la escena en la que se presentan los padres de Consuelo en su casa, para repartir el millón. La primera escena de la comisaría, con el comisario Aguirre que tiene pinta de buenazo y campechano al cual, su mujer no hace más que llamarlo por teléfono. Y el final... con los barrenderos en casa de Pepe, para afrontar juntos la llegada de "los del juzgao".

ÚLTIMA CLAQUETA

Viendo esta película te das cuenta de que no hemos avanzado nada desde 1967... las personas siguen siendo expulsadas de su casa, de su vivienda, cuando no atienden los pagos al banco por una hipoteca, antes era el alquiler.
No importa si tienes hijos o personas mayores a tu cargo, "si no pagamos... a la calle" en palabras de Consuelo, la protagonista, pero es que aún es así. Desahucios...
Cuando una persona pierde su trabajo, cuando apenas puede satisfacer su necesidad más básica que el cuerpo humano requiere que es el alimento, cuando no te queda nada, encima pierdes tu vivienda. Una vivienda que se supone reconocida en la Constitución de 1978 como un derecho fundamental por el cual velarán todos los poderes públicos, una vivienda con la que se ha especulado, llenándose los bolsillos unos a costa de los de siempre, vendiéndonos créditos con esteroides para que te compraras la vivienda, el coche, los muebles y ya puestos un apartamento en la playa.
Cuando la realidad estalló en las narices de todos, los bancos ejecutaron la parte de la hipoteca que te lees rápidamente porque si te paras en serio no firmas.
No hipotecas unas paredes, hipotecas tu vida, tu bienestar y el de los tuyos.
He visto muy de cerca lo que supone un desahucio. No era navidad... no hubo ningún milagro... no hubo ningún millón en la basura...


"¿Los milagros?... Los milagros no son más que para los privilegiados...¿Eres un privilegiado?"